
Ya había caído la noche cuando me di cuenta que nuestras esperanzas se habían perdido, entre los botes de basura y un centenar de sueños aún sin terminar. No quedaba nada, ni un destello opaco, todo lo que teníamos era el hambre que nos consumía desde adentro.
Aquel momento no sabía si estaba delirando pero mi pequeño gavilán fatigado se hacía notar cada vez más. Me gustaba llamar así a esa sensación tan abrumadora.
Así sentía que el dolor se hacía menos penoso.
-¿Samuel tu preferías aquel lugar del pasado?- le pregunté a mi hermano con remordimiento, ya que era mi culpa que estuviera conmigo.
-Ni en un millón de hambrientos años luz – me respondió con tono de burla.
El orfelinato de mi niñez era lo que temíamos más, no queríamos volver jamás. Era nuestra prisión y nosotros habíamos salido al mundo a liberarnos de esos látigos incesantes, de aquellas miradas y castigos injustos.
Lo admiré por un segundo, que me pareció que fue un día eterno, veía su tez pálida y sus ojos serenos aún con todo el sufrimiento reflejados en ellos y sus cabellos al viento, como jugando en la noche. Solo tenía cinco años y ya tenía una precoz valentía que sin lugar a dudas era por el fervor que tenía en ser alguien libre. Y pensar que yo le metí toda esa idea…
Ahora era mi obligación cuidar de él más que a mi propia vida.
Decidí que era hora de marcharse de ese callejón de penumbra y melancolía así que tome a mi hermano en brazos y me fui caminando resuelta a utilizar el último recurso que un .. deje la palabra inconclusa me dolía pensar que nosotros nos habíamos convertido en eso.
Después de caminar tantas cuadras mis pies estaban adoloridos y mi mente colgaba de un frágil hilo ya no quería pensar, se negaba a dar marcha. Así que allí estábamos tendidos en medio del gras que acababa de cortarse de sabe dios quien y su olor se impregnaba en mi mente.
Esta vez deje a mi hermano casi en medio de un sueño o un desmayo y salí al encuentro de nuestro nuevo futuro.
Recuerdo muy bien que esa noche el pavor que albergaba mi ser quería tumbarme en las gradas antes de llegar a mi cometido. No se como saque las suficientes fuerzas pero llegue a la casa, no era muy moderna y su aspecto era de una casa demacrada. Sin embargo desde los ventanales divise una estancia llena de lujos aquellos con los que solo en mis mejores sueños hubiera visto. Me apresuré a tocar el timbre y esperando caí rendida.
Un señor corpulento salió de la casa y al verme grito a su esposa algo como “corre te necesito” yo solo escuchaba leves voces. Y entre suspiros le dije: -mi hermano ayúdalo.
Sus manos me arrullaron con pesar yo sentía su respiración muy cerca. Podía ver en su rostro la calidez de un padre. Me sorprendió lo rápido que mis lágrimas me traicionaron, caían en picada y mis ojos se nublaban conforme la noche avanzaba y me susurraba dentro de mi : otro día a muerto.
Cuando desperté miré a un cuadro que se ubicaba cerca de la puerta y lejos de mi cama y sin pensarlo pasaron mil pensamientos por mi mente. ¿Dónde estaba Samuel? ¿Qué hacia aquí? Y cuando toque mi rostro sentí la marca del llanto pasado. Todo lo que supe es que no estaba en mi casa.
-¡Luna tienes que ver esto!-me dijo Samuel
Era una fuente llena de comida como si nos hubiéramos ganado la lotería y apenas la vi mi sonrisa irradio.
-¿Luna me escuchaste?-insistió mi hermano
-claro pequeño y ¿nos han dejado quedarnos los señores?- le pregunté
-no exactamente
-a ¿no? Y ¿que hacemos aquí? – inquirí
-hay un problema luna
-siempre hay problemas la vida nunca los saca
-No te preocupes tengo dos soluciones a este –me dijo con sufrimiento
-¡Dime ya de que se trata! –
-Bueno los señores lamentan mucho esto pero no tiene dinero para los dos aunque quieren tenernos, así que nos han propuesto que uno se quede y .. –dejo la frase inconclusa le dolía pensar en lo que seguía lo miré con pena y con mi mayor amor le abrace el alma para arrullarlo en mi corazón.
-No llores tontito yo soy la que me voy- y un nudo se aferro a mi garganta para que las próximas palabras reventaran. Sabía muy bien que lo de ser pobres lo inventaban para quedarse solo con Samuel, siempre quieren al menor y yo ya tenía 9 años.
-No, te dije que lo había pensado y una idea es irnos los dos y la otra es que yo me vaya entenderé si quieres quedarte, luna- la ultima palabra que salió de sus tiernos labios me acuchillaron en mi pecho y otra vez esas malditas traicioneras salieron de mí.
-Sabes Samuel mamá solía decir: con todo el amor con ese los protegeré hasta el final. Pues ahora yo no la defraudaré no arrojaré todo por la borda y tu me ayudaras, ¿verdad?
-Luna no me hagas esto –sollozo Samuel
-Niño tontito sabes que casi nos morimos afuera no dejaré que te vuelva a pasar.
- No Luna entonces vamos nos los dos.
-¿Qué pasa si morimos? No me lo perdonaría
-Luna yo no me voy a quedar si tu te vas
-¿Estas seguro Samuel?
-Definitivamente
Nos dirigimos al salón y ahí estaban, los dos en el sofá, esperando que indicáramos cual era nuestra decisión final. Les dije que no nos íbamos a separarnos y que agradecíamos mucho su ayuda. Ellos al escuchar que no se quedarían con Samuel amenazaron con llevarnos al orfanato y traté de explicarles que en ese lugar no podíamos estar, pero todo fue en vano la rabia de la señora se veía reflejada en su boca y las cejas pobladas sin ni siquiera a visar empezó a llamar. Entonces le dije a mi hermano que corriéramos cuando le diera la señal, tiré un jarrón y le grité “ya” entonces mientras ellos se quedaban estupefactos por el hecho nosotros aprovechamos y nos dimos a la fuga. Después de unos instantes oímos gritos a lo lejos.
Corrimos ese día más de lo que nuestras piernas nos hubieran dejado en un día normal si no fuera por la adrenalina estaba fluyendo en cada vena de seguro nos habrían dado el alcance. Llegamos a una calle que se llamaba WEster y como era un lugar poco concurrido nos tendimos al costado de un gran basurero en la sombra. Teníamos mucho miedo y nuestras piernas empezaron a cobrarnos ese gran maratón. Solo lo miraba no podía decir nada.
Unas semanas después estábamos igual de hambrientos que al principio.
En esa época en el orfanato veíamos por las ventas grandes copos de nieve y vaya sorpresa apenas dije eso un viento brusco nos hizo tambalear como si fuéramos dos papelitos. Nuestras caras se cruzaron y temíamos ahora más que nunca por nuestras vidas ¿Que íbamos a hacer? Estaba segura que nos moriríamos si seguíamos en la calle y regresar al orfanato no era una opción, tenía un orgullo muy grande para hacerlo, pero no tanto como para dejar a mi hermanos desprotegido.
Cuando le propuse la idea mi hermano enfureció pensaba que tenía tanto derecho como yo a resistir.
Nos abrazamos fuertemente para entrar en calor pero el frío venía desde los pies descalzos. Empezaba cada vez hacer más frío y el viento soplaba muy fuerte. Pronto la lluvia se hizo nieve. Mis pies estaban con el doble de tamaño y mis manos duras como el mármol. Acurruqué a mi hermano en mi pecho y sentí como su cuerpecito temblaba con fuerza y sus labios se ponían violeta. Me tendí en el suelo el pánico se apoderó de mí y de repente en mi blanco pensamiento decidí ir a una tienda de una señora no muy joven pero con un corazón grande.
Cuando fuimos en el verano le habíamos robado cuatro manzanas y ella lo vio, no dijo nada. Al día siguiente cuando íbamos a hacer lo mismo había una carta con 4 manzanas que decía: “para los niños “.Ese día me entro un remordimiento muy grande y desde entonces jamás lo volvimos a hacer.
Ya había empezado a correr y mis cabellos se humedecían con los copos. El viento me quería aprisionar y mis ojos se cansaban de mirar el día. Mi hermano no estaba lejos de lo que yo sentía pero al menos un poco más caliente. Al pensarlo lo aferre más a mí.
Cuando estaba en la esquina mis piernas me traicionaron y resbalé violentamente. Caí y me golpeé en la cabeza, en seguida la sangre brotaba de mi nuca. Era muy caliente. Samuel gritaba con susurros sus lágrimas se deslizaban por sus mejillas y sus tiernos labios se arqueaban en desesperación.
La señora de la tienda nos divisó y fue corriendo hacia nosotros. Seguramente el ruido la alerto. Sabía que estaba en mis últimas que más daba, esta vida no era para mí. La señora empezó a gritar auxilio y se sacó su casaca y abrigo a Samuel, me agarro la cabeza y vi en sus ojos terror. Solo le dije entre dientes que yo iba estar mejor allá. Me dolían las palabras, pensar en mi muerte. Sin embargo estaba más tranquila en ese momento mi pequeño iba estar seguro junto a ella.
Le di un beso a Samuel y le susurré al oído un te quiero, sin embargo el no dijo nada y me abrazo muy fuerte como si así intentara que me quede. Me despedí de la señora pidiéndole que lo cuide y ella mientras tanto asentía y decía que yo iba a mejorar que no piense eso, pero cuando sus labios se cerraron mis parpados dejaron de ver el día y fui a mi hogar junto a nuestra madre que me esperaba.

